Sr.Beans.

Una cornamenta de ciervo -que hacía las veces de perchero- presidía el despacho del Sr.Beans. La tenue luz del flexo mostraba su magistral escritorio donde tantos casos y enigmas se habían resuelto. Solo se podía intuir parte de una de las paredes laterales, pero esta descubría numerosos diplomas por su inconmensurable labor al servicio del ciudadano junto con algún que otro dibujo de sus críos.

La noche había caído hacía más de una hora, pero eso no impedía que el Sr.Beans prosiguiese inmerso en su puesto de investigación.El Sr.Beans era considerado por muchos como “el Batman de Londres”.

De pronto, sonó el retinar de los ancianos dedos de Margaret contra la única puerta que daba acceso al despacho.

-“¡No entre!”- gritó el Sr.Beans con voz miedosa y agitada mientras se subía los pantalones.

Era demasiado tarde. La anciana (ama de llaves, cuidadora de sus hijos, señora de la limpieza, experta en explosivos y sobretodo fiel compañera) Margaret había entrado en la sala, y con ella su intenso perfume a geranios.

-“Tranquilo solo vengo advertirle de que la ce… ¡¡OH DIOS BENDITO!!… Lo siento señor.”- exclamó Margaret mientras se tapaba los ojos en un desesperado intento de erradicar tan grotesca imagen.

-“Me ha pillado limpiando la reglamentaria… ja,ja…”- comentó el Sr.Beans en un lamentable intento de restarle importancia al asunto.

Sin embargo, ambos sabían que sus vidas quedarían marcadas. Esto supondría un antes y un después en su relación. Atrás quedaría la inocente mirada de los inexpertos ojos de Margaret. Ya no serían más que un recuerdo efímero aquellas tardes de resolución de interminables sudokus ninja y puzzles de cuatro piezas que tan merecidamente le habían catapultado a la fama.

El fin de una era.

Por @Giusepedipaolo

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