2012 MashUp

Por Dj@Giusepedipaolo

Ovejas Negras Hay Muchas

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El cuenta kilómetros marcaba 140km/h, el Cadillac descapotable iba como la seda sobre aquella carretera estatal de Rhode Island alejada del bullicio de la ciudad. El horizonte estaba despejado de nubes mientras el Sol calentaba los asientos de cuero. Sonaba por la radio Ain’t That A Shame de Fats Domino. Yo no podía evitar seguir la canción con los labios. Incluso arrancándome en un alocado baile con el compás de las mágicas manos de FatD.  Al lado la mujer de mi vida descansaba con la melena al viento. Muchos habían tratado de separarnos, pero al final había triunfado el amor.

Pronto llegaríamos a la frontera con el estado de Nueva York, y si todo iba bien, a la mañana siguiente amaneceríamos finalmente en Canadá, donde seríamos libres. Atrás quedarían los días donde mi familia me había separado una y otra vez de mi amada: “No puedes casarte con esa anciana” decían los más tradicionales y religiosos. ¿Quién hablaba de casarse? Nosotros solo queríamos poder disfrutar de la compañía, de la soledad de estar juntos, de la juventud que aún nos quedaba en los huesos (atrás también quedaría la maldita policía estadounidense que nos llevaba persiguiendo desde hacía algún kilómetro).

Aunque ambos estábamos profundamente enamorados, ella se había mostrado un poco reticente a la hora de emprender el viaje que nos liberaría. Quizá porque su cuerpo ya no estaba para esos trotes, o porque -como había dicho ella- “¡no te conozco de nada! ¡Puto loco déjame en paz!”. Aaayy Jennifer -o Jenny como me gustaba llamarla a mi- siempre tan bromista. Llevaba el humor hasta tal punto que la tuve que tranquilizar con “el perfume del amor” para que los guardias del centro geriátrico no se alterasen mientras me la llevaba en su silla de ruedas. “El perfume del amor” es la manera poética que utilizamos Jenny y yo para referirnos al cloroformo mientras jugamos a nuestras cosas.

Mientras mi mente viajaba al inminente futuro que nos aguardaba, Jenny empezó a desperezarse en el asiento del copiloto.

-“Buenos días princesa”- le dije con sonrisa picarona.

Una pena que su principio de otosclerosis y el alto volumen de la radio tratando de disimular el sonido del helicóptero policial y las amenazas que estos desplegaban hacia nosotros impidiese que ella oyera mi cariñoso saludo.

Los siguientes sucesos se pueden resumir en su cara de pavor al verme derivando lentamente -como cuando Canal+ ofrece la repetición de un gol- en dolor como resultado de un forcejeo en el que se le salió la cadera, para finalmente desmayarse de nuevo debido a “un ataque al corazón causado por el estrés” que dijo un medico bastante exageradito.

Debido a la adrenalina del momento y los doce cafés del desayuno me puse muy nervioso pensando que la pequeña Jenny había muerto. Decidí deshacerme de ella. También recordé que necesitaba un baño urgentemente, lo cual me exaltó más, y tuve que tomarme un sobre de Nescafé sin diluir para absorber parte del líquido de mi vejiga.

 

 

Finalmente llegué al estado de Nueva York. A una zona boscosa, alejada de la inquietante jungla de cristal habitada por las más temibles criaturas y policías como es la gran manzana. Había logrado dar esquinazo a las fuerzas del orden, pero no me sentía tranquilo. Los recientes eventos se me aparecían de forma recurrente. Tenía que tratar de asentar un poco la cabeza, y sobre todo, vaciar la vejiga detrás de algún abeto.

Me sentía como un joven cazador despertando sus sentidos al alba. Olfateando el nuevo ambiente generado por el emergente Sol. Como si la Tierra hubiese dado un respiro a su constante rotación. Podía sentir el aletear de una mariposa alejándose del capullo con el que había dormido. Veía el humillo que desprendía el cálido jugo al entrar en contacto con la fría corteza de aquel árbol. Di por concluida la experiencia con la llegada de un escalofrío que desfiló por toda mi espalda.

Debía buscar refugio.

Abría un ojo y lo achinaba en búsqueda del enfoque perfecto. Como si me graduase la vista. Y entonces lo vi: en lo más salvaje de la estepa neoyorquina –con el permiso de la quinta avenida- rodeado de los más antiguos abetos del bosque, con el sonido del descenso de las descongeladas montañas en el fondo del paisaje y con el olor a caca de los más simpáticos habitantes del bosque amontonándose contra mi nariz, respire aliviado -en la medida de lo posible dado el percal- al leer el letrero del Bar-Restaurante “Casa Pepe”.

No era más que un refugio de bosque donde en un pasado los viajeros habían podido hacer escala para pasar la noche guarecidos de osos y mapaches. Ahora los más ilustres hombres iban en búsqueda del contacto con la naturaleza, el whisky escocés y la libertad temporal de sus mujeres. Salía humo de la chimenea y la escarcha reinaba en la ventana junto a la puerta.

 

 

Entré. Me quité mi shapka-ushanka –completamente fuera de lugar en aquel bar americano- y pedí un whisky con hielo y una pinta de cerveza negra para ayudar a pasarlo. En la banqueta más cercana de la barra se sentaba el veterano Martins, cubria su despoblada cabeza con una gorra de baseball de los Boston Red Sox y vestía una chaqueta de camuflaje con el texto “USA NAVY VETERAN: CARL MARTINS” bordado en la espalda. Se le veía un hombre con más orgullo que años por vivir. Y con este panorama presencié una de las conversaciones más inverosímiles de mi vida. Se desarrollo más o menos así:

-”Yo sobreviví a la Guerra de Vietnam, hijo”- reseñaba el veterano Martins al camarero mientras apuraba la copa.

-”Muy bien señor”- respondió este de forma cortés aunque claramente desinteresada.

-”Le voy a decir una cosa jovencito. ¡Yo no vi como mis mejores hombres morían con la cabeza hundida en el barro para que en América se considere a este trozo de animal un bistec mignon!” – increpó el veterano soldado en un tono soez.

-”Sí señor”- musitó servicialmente el camarero -”Ahora se lo…”-

-”¡Silencio!”- Ordenó Martins mientras afinaba su oído. -”Me parece oír la llegada de helicópteros… ¡En efecto!… Son tres Cherokee, lo reconozco por el particular sonido de su motor… ¿Hueles eso hijo?… Es napalm… Ahh el olor de la victoria…”- Añadió el soldado mientras se sumergía en sus recuerdos.

-”Señor Martins, no invente. Eso ha sido un pedo, y a juzgar por el olor iba acompañado.”-

-”Bueno hijo, no es tan grave… ¿Sabes? Me has caído bien”-  confesó el veterano.

-”Gracias señor Martins”- dijo el joven insistiendo en su formal tono.

-”Deja de llamarme señor, tontorrón. Aquí ambos sabemos que es lo que se cuece desde hace tiempo.”- insinuó el anciano -”No eres el primero, ni serás el último que trata de emborracharme para llevarme a su lecho”- comentó con una sonrisa pícara, descubriendo sus deteriorados dientes.

-”Señor, no le sigo. Yo solo le he servido las copas que usted me ha pedido. ¡Las cuales, por cierto, son de agua con gas!”- se excusó el joven.

-”Sí claro”- le interrumpió -”¿Insinúa usted que soy alcohólico? ¿¿Qué no fui a Vietnam gracias a mi oportuno romance con el Sargento Ronald a espaldas de su mujer?? ¿¿¿Que gracias a aquello sobreviví a la Guerra???”- añadió en un tono nervioso.

-”Nada de eso”- respondió algo confuso.

-”PUES DEBERÍAS”-

 

 

En ese momento todo se vuelve muy confuso debido a las tres rondas del combo whisky-cerveza. Lo que recuerdo comienza con un tocadiscos haciendo sonar Al Calor Del Amor En Un Bar de Gabinete Caligari. Creo que fue Martins quien la eligió.

Frente al estupor inicial al escuchar los primeros acordes de la melodía, empezaron las primeras damiselas -hipnotizadas por la música y el grupo de bailarines- a perder los papeles. Aquello acabó como el coño de la Bernarda. Kiko Rivera, que no se pierde una fiesta, compuso y tocó en directo “Quítate el Corsé”.

El resto de caballeros ahí presentes no se iban a quedar atrás y raro era el que no iba en paños menores y había cambiado el sombrero de copa por las copas de sombrero.

Jamás se volvió a hablar de lo sucedido en aquella víspera de Navidad. Sin embargo, el suceso no será olvidado por nadie, pero mucho menos por los miembros de la comunidad científica: aquella noche fruto de uno de los “encuentros” se fecundó al primer ornitorrinco. Testigos aseguran la participación de Kiko en el asunto.

 

 

Cinco años más tarde no puedo más que pensar en los buenos momentos del pasado. Mientras, la creciente curva de mi barriga eleva contra mi voluntad el camisón de franela que en su día Jenny había vestido.

Atrás quedaban los días en los que disfrutaba de mi vitalidad persiguiendo a Jenny por todo el geriátrico, robando a sus colegas los pocos objetos de valor económico o sentimental que poseían. Esas tardes de galopadas dignas del mejor Jerry Rice ya no eran más que recuerdos que se revivían con el aire de mis sueños.

Esos hombres en tacataca sí que me habían hecho sudar, vivir, respirar la libertad. En definitiva, me habían forjado en el hombre que actualmente era. Puede que no tuviese un cuerpo de revista, pero tampoco era demasiado listo.

A mis treinta y ocho años había dedicado los últimos cinco a la escritura. No comprendía porque no era capaz de ganar un Pulitzer. Lo tenía todo: una batalla perdida contra la alopecia, claros indicios de alcoholismo en el páncreas y una capacidad para socializarme con aquellos que me rodeaban inexistente.

Esto último había aportado increíbles vivencias a mi frenética vida como pueden ser los famosos “viernes y en pijama a las ocho” u otros clásicos como “si bebo solo es porque quiero”.

Recuerdo cuando se me daba bien la literatura, de hecho -y citando a mi profesora de sexto-, yo había sido “el niño más especial que por desgracia había tenido que intentar educar”.

“¿Cómo es posible que yo, con lo alto que apuntaba, me hubiese estancado en la vida de un ladrón de jubilados jubilado con poca capacidad literaria?” Me preguntaba a menudo.

En algunas de las largas noches de verano en las que el calor me pega las sabanas otras dudas me asaltan. Dudas que el hombre ha evocado desde los aborígenes de su naturaleza “¿Funcionará el jes-extender? ¿Está Endesa detrás del genocidio Nazi?”

Con estas ideas rondando mi cabeza me bajé de la báscula que marcaba un nuevo récord personal. Por fin me superaba en algo.

 

————————————————- FIN. ————————————————–

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