Al Calor Del Amor.

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Por @Giusepedipaolo

El público se va acomodando en sus butacas según se va acercando la hora del espectáculo. Los hombres retiran sus sombreros de copa, mientras que las mujeres abanican coquetamente sus melenas de peluqueria. Los más pudientes comprueban el funcionamiento de sus binóculos desde los palcos superiores. Una gran lámpara importada reina sobre el auditorio. Se respira un ambiente de calidad parisina.

Finalmente, se van atenuando las luces y con ellas el murmullo general, el cual queda reducido al caminar de los más rezagados.

Después de una pausa, y con el silecio total ya alcanzado, se levanta el viejo rojo telón. Suena de fondo “Al Calor del Amor” de Gabinete Caligari. La movida madrileña ha llegado a París. La ciudad del Siena jamás olvidará esa noche.

Frente al estupor inicial al escuchar los primeros acordes de la melodía, empezaron las primeras damiselas -hipnotizadas por la música y el grupo de bailarines- a perder los papeles. Aquello acabó como el coño de la Bernarda. Kiko Rivera, que no se pierde una fiesta, compuso y tocó en directo “Quítate el Corsé”.

El resto de caballeros ahí presentes no se iban a quedar atrás y raro era el que no iba en paños menores y había cambiado el sombrero de copa por las copas de sombrero.

Jamás se volvió a hablar de lo sucedido en aquella víspera de Navidad. Sin embargo, el suceso no será olvidado. Sobretodo la comunidad científica, ya que fruto de uno de los “encuentros” de esa noche se fecundó al primer ornitorrinco. Testigos aseguran la participación de Kiko en el asunto.

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El Que Calla Otorga.

Por @Manugomez94

Su corte de pelo le definía totalmente, era gilipollas. Sin ninguna duda, sus padres eran hermanos. Se trataba de un chiquillo con algún problema serio de sensibilidad mental. Se frotaba los mofletes -como si de un elefante se tratase- hacia atrás y hacia delante. Resumiendo: además de parecer gilipollas lo era.

Incluso llegó un momento en que no se sabía si te estaba mirando a ti o al de al lado. Su bizca mirada le había vuelto a jugar una mala pasada.

Se subió al bus despreocupado, sin saber que en ese mismo momento su vida iba a dar un vuelco. El autobús tomó carretera y, de repente, como si de un tsunami se tratase, el bus volcó.

En ese momento, nervioso como un felino enjaulado, comenzó a gritar “¡Bomba, bomba!”. El conductor ante la preocupación de los presentes preguntó “¿Chaval, tu eres gilipollas?”. El chaval enmudeció. Se quedó como se queda un salmón recién pescado. grisáceo  tenue, lúgubre… y es que, como bien dicen los argentinos: “el que calla otorga”.

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Recuerdos Primaverales Hipotecados.

La luz de sus ojos denotaba amargura pero a la vez una mezcla de exquisitez y de dulzura en sus pómulos amelocotonados. Se miró al espejo y observó las cicatrices de su juventud, que desgarraban a un hombre madurito y al mismo tiempo sensual. La alergia al polen le hacía sensible a la primavera (de ahí el título).

Nada más entrar en la ducha se le cayó el jabón y recordó esos buenos momentos universitarios en los que al agachar a recogerlo todos se reían y lo pasaban en grande. Eso era la vida.

Ahora no era más que un ex-marido, y en concreto, un ex-vividor. Recordaba aquella vez en Kenya en la que asaltó a una gacela Thompson al grito de “puta gacela vas a morir”. Eso era vida. “I’m walking on sunshine wooah” solía cantar desnudo bajo el diluvio.

La nostalgia le hizo sumergirse bajo el chispeo de la ducha y recordó lo que le había dicho el dentista días atrás: “Mongomery, tienes caries”. En ese momento empezó a sollozar sabiendo que de esta no saldría vivo. El banco no le hipotecaría su carie, y por tanto, su vida se iría al traste. Solo quedaba una solución: la nada ansiada dentadura postiza.

Al salir de la ducha, y con el susto todavía reciente, patinó. Por suerte, su cabeza rebotó contra la tapa del retrete haciendo su cuello de muelle, lo que evitó una caída contra aquel carísimo mármol.

Por @ManuGomez94

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Buenos Días Princesa.

El cuenta kilómetros marcaba 140km/h, el Cadillac descapotable iba como la seda sobre aquella carretera estatal de Rhode Island alejada del bullicio de la ciudad. El horizonte estaba despejado de nubes mientras el Sol calentaba los asientos de cuero. Sonaba por la radio Ain’t That A Shame de Fats Domino. Yo no podía evitar seguir la canción con los labios. Incluso arrancándome en un alocado baile con el compás de las mágicas manos de FatD.  Al lado la mujer de mi vida descansaba con la melena al viento. Muchos habían tratado de separarnos, pero al final había triunfado el amor.

Pronto llegaríamos a la frontera con el Estado de Nueva York, y si todo iba bien, a la mañana siguiente amaneceríamos finalmente en Canadá, donde por fin seríamos libres. Atrás quedarían los días donde mi familia me había separado una y otra vez de mi amada. “No puedes casarte con esa anciana” decían los más tradicionales y religiosos. ¿Quién hablaba de casarse? Nosotros solo queríamos poder disfrutar de la compañía, de la soledad de estar juntos, de la juventud que aún nos quedaba en los huesos (atrás también quedaría la maldita policía estadounidense que nos llevaba persiguiendo desde hacía algún kilómetro).

Aunque ambos estábamos profundamente enamorados, ella se había mostrado un poco reticente a la hora de emprender el viaje que nos liberaría. Quizá porque su cuerpo ya no estaba para esos trotes, o porque -como había dicho ella- “¡no te conozco de nada! ¡puto loco déjame en paz!”. Aaayy Jennifer (o Jenny como me gustaba llamarla ami) siempre tan bromista. Llevaba el humor hasta tal punto que la tuve que “tranquilizar con el perfume del amor” para que los guardias del centro geriátrico no se alterasen mientras me la llevaba en su silla de ruedas. “El perfume del amor” es la manera poética que utilizamos Jenny y yo para referirnos al cloroformo mientras jugamos a nuestras cosas.

Mientras mi mente viajaba al inminente futuro que nos aguardaba, Jenny empezó a desperezarse en el asiento del copiloto. “Buenos días princesa”.

Por @GiusepeDiPaolo

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Alfombra Persa Mala Consejera.

Despertó a eso de las once ante la mirada penetrante de su gato Jacinto. Se miró en el espejo desde la cama. Su rostro pálido. Sus ojos mustios. Lanzó al gato contra el espejo harta de su mirada atónita.

En ese momento el teléfono comenzó a sonar. Estiró el brazo.

-“¿Sí? Digame.”- musitó en un tono amable.

-“Hija, soy yo.”-

-“¿Yo quién?”-  preguntó desconcertada.

-“Tu madre, hija. He probado el nuevo Fairy Plus, ¡Es una maravi…”-

Colgó el teléfono, perpleja. Su madre le había abandonado dieciocho años atrás en un motel de carretera, ¿y ahora le llamaba para hablarle del milagro antigrasa? Saltó de la cama y encerró al gato en el baño. Ahí había gato encerrado. Corrió hacia la puerta con la mala suerte de que tropezó con la alfombra -Persa por cierto- cayendo su cráneo contra el pico de la mesa.

-“Crack”- escuchó al vecino hablándole a su hijo -“trae Ariel y naranjas”-.

Como si de un cordero se tratase allí estaba ella, sin aliento, acordándose de esas montañas en las que pastaba; contando por última vez las ovejas que pasaban.

Por @manugomez94

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Un Suicidio Asistido.

Miraba hacia abajo con desconcierto recordando su juventud, le venían a la mente imágenes de su gato Whiskers, que había fallecido años atrás. Dejó de lado esos pensamientos y se centró en el presente. Allí estaba él, ante su particular acantilado, dudando, dubitativo, pensando si aquel salto -que sería definitivo- era el apropiado.

Recordó la charla que había mantenido con su padre en su lecho de muerte. “Hijo en la vida no se debe de estar si no se es útil. Recuerda a tu tío Roberto, exactamente como tú, mírate, eres un despojo disfrazado de hombre. ¿Dónde están tus cojones?” Esto le recordó que nunca había sido querido por nadie excepto por aquel amable gato, por el pequeño Whiskers, que ahora yacía en el jardín con la cabeza colgando de un mástil. Recordó el tamaño de los testículos de su padre, que en varias ocasiones se los había enseñado para burlarse de él.

En ese momento, y con la imagen de los testículos de su padre todavía nítida en su cabeza, resbaló.

Por @manugomez94

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Cómo sobrevivir a Vietnam.

-“Yo sobreviví a la Guerra de Vietnam, hijo”- reseñaba el veterano Martins al camarero mientras apuraba la copa.

-“Muy bien señor”- respondió este, de forma cortés aunque claramente desinteresada.

-“Le voy a decir una cosa jovencito. ¡Yo no vi como mis mejores hombres morían con la cabeza hundida en el barro para que en América se considere a este trozo de animal un bistec mignon!” – increpó el veterano soldado en un tono soez.

-“Sí señor”- musitó servicialmente el camarero -“Ahora se lo…”-

-“¡Silencio!”- Ordenó Martins mientras afinaba su oído. -“Me parece oír la llegada de helicópteros… ¡En efecto!… Son tres Cherokee, lo reconozco por el particular sonido de su motor… ¿Hueles eso hijo?… Es napalm… Ahh el olor de la victoria…”- Añadió el soldado mientras se sumergía en sus recuerdos.

-“Señor Martins, no invente. Eso ha sido un pedo, y a juzgar por el olor iba acompañado.”-

-“Bueno hijo, no es tan grave… ¿Sabes? Me has caído bien”-  confesó el veterano.

-“Gracias señor Martins”- insistió en su formal tono.

-“Deja de llamarme señor, tontorrón. Aquí ambos sabemos que es lo que se cuece desde hace tiempo.”- insinuó el anciano -“No eres el primero, ni serás el último que trata de emborracharme para llevarme a su lecho”- comentó con una sonrisa picara descubriendo sus deteriorados dientes.

-“Señor, no le sigo. Yo solo le he servido las copas que usted me ha pedido. ¡Las cuales, por cierto, son de agua con gas!”- se excusó el joven.

-“Sí claro”- le interrumpió -“¿¿Insinúa usted que soy alcohólico?? ¿¿¿Qué no fui a Vietnam gracias a mi persistente romance con el Sargento Ronald a espaldas de su mujer, y que gracias a aquello sobreviví a la Guerra???”- añadió en un tono nervioso.

-“Nada de eso”- respondió algo confuso.

-“PUES DEBERÍAS”-

 

Por @Giusepedipaolo

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Siempre Alerta.

La jungla de cristal. Inquietante. Habitada por las más temibles criaturas.

El joven cazador se despierta con el evidente cambio en el ambiente. Como si la Tierra hubiese dado un respiro a su constante rotación. Puede tratarse del aletear de una mosca a varios kilómetros de distancia, o por contra, puede tratarse de un rinoceronte a punto de embestirle.

Abre un ojo y lo achina para enfocar y así identificar su posición. Reconoce el entorno y asiente para dentro. Segundos después, con las pulsaciones volviendo a la normalidad y entre sudores fríos, abre el otro ojo para así aumentar su campo visual. Repite el proceso de concentración en la mirada y observa para comprobar si se ha pasado la parada. Ve que no. Respira aliviado.

Por @Giusepedipaolo

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Mariconadas las justas.

Una cálida mañana de otoño en el bosque, tras una noche de llovizna y las nubes más rezagadas aun deambulando por el grisáceo cielo. El tímido sol lucha entre las hojas que sobreviven al amenazante invierno en lo alto de los árboles. De una de estas batallas surge un halo de luz que impacta con fuerza divina contra la húmeda corteza de un grueso y antiguo roble.

Como si de una revelación se tratase, distingo de entre tan acogedor paisaje, los colores de la madurez y la ternura en tu rasgada mirada, que baila (no sé si fruto del azar o por el inconformismo de un Dios enamorado) con la melodía que desprenden tus labios al reír. En este momento descubro que el otoño no es más que una estación pasajera cautiva en tu mirada.

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Sr.Beans.

Una cornamenta de ciervo -que hacía las veces de perchero- presidía el despacho del Sr.Beans. La tenue luz del flexo mostraba su magistral escritorio donde tantos casos y enigmas se habían resuelto. Solo se podía intuir parte de una de las paredes laterales, pero esta descubría numerosos diplomas por su inconmensurable labor al servicio del ciudadano junto con algún que otro dibujo de sus críos.

La noche había caído hacía más de una hora, pero eso no impedía que el Sr.Beans prosiguiese inmerso en su puesto de investigación.El Sr.Beans era considerado por muchos como “el Batman de Londres”.

De pronto, sonó el retinar de los ancianos dedos de Margaret contra la única puerta que daba acceso al despacho.

-“¡No entre!”- gritó el Sr.Beans con voz miedosa y agitada mientras se subía los pantalones.

Era demasiado tarde. La anciana (ama de llaves, cuidadora de sus hijos, señora de la limpieza, experta en explosivos y sobretodo fiel compañera) Margaret había entrado en la sala, y con ella su intenso perfume a geranios.

-“Tranquilo solo vengo advertirle de que la ce… ¡¡OH DIOS BENDITO!!… Lo siento señor.”- exclamó Margaret mientras se tapaba los ojos en un desesperado intento de erradicar tan grotesca imagen.

-“Me ha pillado limpiando la reglamentaria… ja,ja…”- comentó el Sr.Beans en un lamentable intento de restarle importancia al asunto.

Sin embargo, ambos sabían que sus vidas quedarían marcadas. Esto supondría un antes y un después en su relación. Atrás quedaría la inocente mirada de los inexpertos ojos de Margaret. Ya no serían más que un recuerdo efímero aquellas tardes de resolución de interminables sudokus ninja y puzzles de cuatro piezas que tan merecidamente le habían catapultado a la fama.

El fin de una era.

Por @Giusepedipaolo

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