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Panera De Ojos Verdes.

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Por @ManuGomez94

Sus ojos verdes acentuaban un rostro pálido, unos mofletes fofos y una piel aparentemente cuidada. Ante ella una televisión, un mixto con huevo y treinta y tres metros cuadrados habitables completamente deshabitados.Esta era la historia de su vida: muchos metros por cubrir pero sin que cubrirlos. Su única compañía desde que dejase a su maltrecha familia en el sur de Milwaukee era su sabio gato, Arturo. Había sido el hombro sobre el que había llorado el día que se le quemaron los espaguetis, el día en el que el lavabo se había estropeado, en definitiva, era un gato distinto. Un gato que decía “MIau miau” cuando tocaba, pero cuando necesitaba un “miiiaaauuu” mas agudo también se lo daba.

Saltó del sofá, su vida era una mera rutina. Debía cambiarla. Esa misma mañana su vida iba a dar un giro de 180 grados, había pensado en darla de 360 grados pero tras reflexionarlo se dio cuenta de que era gilipollas y que con media vuelta bastaba. Y en efecto, saltó del sofá (de nuevo, saltaba para entretenerse) y lanzó una mirada de odio hacia el gato que se quedó atónito. Fue hacia el gato aparentemente para acariciarlo y cuando estaba a apenas diez centímetros del animal le musitó “Suerte que mis pechos sean pequeños no los confundas con montañas”. Como bien podéis imaginar, tras esta bella y célebre frase, “acarició” al gato con la punta de la bota y lo estampó contra la puerta.

“Tolón Tolón” sonó el timbre de la puerta (que sonaba así porque años atrás había puesto su propia voz de timbre diciendo esas dos palabras ya que le producían gracia. Como bien sabemos, un timbre suena “Rín Rín” o en su defecto no suena).

Abrió la puerta y ante ella estaba el mismísimo Eduard Punset con un paquete de pan Bimbo. -“Hola soy Edua…”- le cerró la puerta. ¿Qué hacia Eduard allí?¿Tan mal le iban las cosas que tenía que ir casa por casa vendiendo pan? ¿Querría seducirla con la ayuda del doble horneado?

Fue a la cocina a por un cuchillo. No se fiaba de Eduard. Meses atrás había tenido que abatir a Jordi Hurtado en una discoteca malagueña ya que insistía en ofrecerle el elixir de la vida eterna a cambio de una noche fogosa. ¿Qué querría Punset? Abrió la puerta de nuevo, temblando, con el cuchillo en la mano escondida tras la puerta. -“Hola soy Eduard Punset y vengo a explicarle el secreto de pan Bimbo. No se pone duro”- musitó. Pero ella solo escuchó “no se pone duro” y ante esta frase sacó el cuchillo y le amenazó -“No se pone duro ni se va a poner, es la edad Eduard”. Eduard enmudeció. Ante él había una bonita mujer de ojos verdes, morena de pómulos dóciles y blanditos, como el pan que vendía. Se lanzó a tocarlos, pero algo se lo impedió. Noto como algo duro le atravesaba, y en ese momento, cayó desangelado. En sus últimos segundos de vida palpó el pan Bimbo que llevaba a mano y ante la mirada de la chica dijo “Al pan, pan y al Bimbo, Bimbo”.

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